Durante años se sostuvo que ciertas organizaciones eran intocables, que su capacidad de fuego y su penetración territorial las convertían en un poder fáctico irreversible. La acción del Estado demuestra lo contrario. La estrategia de seguridad del gobierno de la Presidencia de la República —basada en inteligencia operativa, coordinación interinstitucional y fortalecimiento de capacidades— ha optado por debilitar las estructuras financieras, logísticas y de mando, evitando espectáculos y privilegiando resultados sostenidos. La caída del principal dirigente del CJNG confirma que esa ruta rinde frutos.
Conviene subrayarlo: no se trata de celebrar la violencia ni de reducir la política de seguridad a la lógica del enfrentamiento. Se trata de afirmar el principio elemental de que ninguna organización criminal puede colocarse por encima del Estado mexicano. La detención y muerte del Mencho envía un mensaje claro a las redes delictivas: no hay liderazgo perpetuo, no hay territorio vedado a la autoridad legítima.
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